Aunque popularmente se ha hablado de una “prohibición de celulares”, el acuerdo plantea un objetivo más amplio: establecer condiciones para el uso responsable y seguro de los dispositivos digitales y proteger el aprendizaje, la convivencia, la salud mental y el desarrollo integral de niñas, niños y adolescentes.

¿Por qué regular los celulares en las escuelas?

La presencia de celulares, relojes inteligentes, tabletas y otros dispositivos personales se ha convertido en parte de la vida cotidiana de niñas, niños y adolescentes, también durante el horario escolar. La SEP reconoce que estos dispositivos pueden ser herramientas útiles cuando tienen un propósito pedagógico, pero advierte que su uso inadecuado, excesivo o sin regulación puede afectar la atención, la concentración, la interacción entre estudiantes y el aprovechamiento académico.

La regulación tampoco surgió de un día para otro. Durante 2026, la SEP impulsó los foros regionales “La vida frente a la pantalla: el impacto de los dispositivos digitales en las infancias, adolescencias y juventudes mexicanas”, como parte de un diálogo nacional sobre el uso de dispositivos, plataformas digitales y redes sociales. En estos espacios participaron estudiantes, docentes, especialistas, investigadores, madres y padres de familia. A este proceso se sumó una Consulta Nacional en Educación Básica realizada durante la fase intensiva del Consejo Técnico Escolar, en la que participaron 565,396 docentes. El 81 % se manifestó a favor de contar con lineamientos y reglas para garantizar un uso seguro y con fines pedagógicos de estas tecnologías.

El resultado fue un acuerdo nacional que establece medidas diferentes de acuerdo con cada nivel educativo.

¿Qué cambiará a partir del 3 de noviembre?

En primaria y secundaria, los celulares, dispositivos inteligentes y equipos electrónicos personales no podrán utilizarse durante toda la jornada escolar. Esto incluye tanto las clases como el recreo. Los dispositivos podrán permanecer guardados y existen excepciones relacionadas con actividades pedagógicas programadas, emergencias, salud, discapacidad, accesibilidad e inclusión. La disposición aplica tanto para escuelas públicas como particulares.

En educación media superior, cada comunidad educativa deberá establecer sus propias medidas para limitar el uso no pedagógico. Estas pueden incluir horarios y espacios determinados, el resguardo de los dispositivos o incluso la suspensión de su uso durante toda la jornada. En educación superior se promoverá un uso responsable y seguro, respetando la autonomía de las instituciones.

Antes de la entrada en vigor habrá un periodo de 30 días hábiles para informar y sensibilizar a las comunidades escolares sobre las nuevas disposiciones.

¿Qué ocurre cuando termina el horario escolar?

Regular el uso dentro de la escuela resuelve solamente una parte del problema. Para Marissa Camacho, mamá núcleo del Movimiento No es Momento, uno de los conceptos fundamentales para entender esta medida es la corresponsabilidad.

“Una escuela va a poder regular seis u ocho horas al día el uso de un dispositivo, pero ¿qué pasa después que un adolescente vuelve a casa?”, cuestiona.

Desde su perspectiva, reducir los distractores dentro de las escuelas puede favorecer el aprendizaje, pero los hábitos relacionados con la tecnología también se construyen fuera de ellas. “La escuela puede crear entornos con menos distractores, pero la familia tiene que ayudar a construir hábitos”, señala.

Por ello, considera la nueva regulación un primer paso, pero no una solución completa. Si después de terminar la jornada un estudiante pasa varias horas conectado en casa, explica, el alcance de lo que sucede durante el horario escolar necesariamente será limitado.

“Prohibir no educa”

Una de las preocupaciones que aparecen cuando se habla de limitar celulares es qué ocurre con niñas, niños y adolescentes que ya cuentan con un smartphone. Camacho señala que modificar las reglas familiares no necesariamente significa retirar abruptamente un dispositivo que ya fue entregado. Los acuerdos pueden cambiar y los límites pueden establecerse de manera progresiva.

Esto cobra especial importancia durante la adolescencia, cuando tener un smartphone puede relacionarse también con el sentido de pertenencia al grupo y con la presión de saber que otros compañeros sí cuentan con uno. Por eso, insiste en que el proceso requiere comunicación y acuerdos entre padres e hijos: “Prohibir no educa. Hay que ir enseñando, es un proceso”, explica.

Camacho compara este aprendizaje con enseñar a un niño a andar en bicicleta: no se le coloca sobre ella para después dejarlo solo, sino que se acompaña el proceso y gradualmente se le proporciona mayor autonomía. El objetivo, entonces, no sería mantener a niñas, niños y adolescentes permanentemente alejados de la tecnología, sino prepararlos para relacionarse con ella.

Los límites no eliminan los riesgos digitales

Reducir el número de horas frente a una pantalla tampoco hace desaparecer lo que existe detrás de ella. Aunque una plataforma establezca límites de tiempo o una escuela impida utilizar el celular durante determinadas horas, los contenidos a los que tendrán acceso niñas, niños y adolescentes continuarán ahí.

Camacho destaca que este punto devuelve inevitablemente parte de la responsabilidad a las familias. Temas como ciberacoso, exposición a contenidos sexuales, riesgos en redes sociales o huella digital requieren conversaciones que no pueden sustituirse únicamente con controles técnicos o límites de horario.

“No estamos hablando solamente de restringir el acceso, porque restringir no soluciona”, señala. Esta reflexión coincide con la discusión que la propia SEP sostuvo antes de publicar el acuerdo, pues el impacto de los dispositivos y de las plataformas digitales rebasa las puertas de las escuelas y requiere la participación de autoridades, docentes y familias.

¿Y los adultos qué relación tenemos con el celular?

La conversación también coloca una pregunta frente a madres, padres y cuidadores: ¿qué relación tienen ellos mismos con sus dispositivos? Marissa Camacho alerta sobre lo difícil que es enseñar hábitos digitales saludables cuando los adultos tampoco hemos construido una relación equilibrada con las pantallas.

Por ello, el acompañamiento no consiste únicamente en establecer horarios o decidir a qué edad entregar un smartphone. También implica revisar las prácticas familiares, hablar sobre lo que ocurre en internet y construir criterios para que niñas, niños y adolescentes puedan tomar mejores decisiones conforme adquieren autonomía.

Más tiempo sin pantalla, ¿para hacer qué?

El Movimiento No es Momento propone retrasar la entrega del primer smartphone y el acceso a redes sociales, pero uno de los planteamientos que Camacho destaca va más allá de simplemente retirar dispositivos.

La pregunta es qué experiencias pueden ocupar ese espacio: en niñas y niños pequeños puede significar recuperar tiempo para el juego libre, la convivencia con otros niños y el contacto cara a cara. En adolescentes, generar espacios de convivencia, comunicación y pertenencia que no dependan exclusivamente del entorno digital.

“No es retrasar por retrasar”, explica Marissa. Se trata de aprovechar ese tiempo para que puedan suceder otras experiencias.

La entrada en vigor de la nueva regulación abre así una conversación que no termina al guardar un celular en la mochila. Las escuelas tendrán nuevas reglas a partir del 3 de noviembre, pero formar hábitos y criterios digitales requiere algo que ninguna disposición puede hacer por sí sola: acompañar a niñas, niños y adolescentes para que aprendan a desenvolverse en un mundo en el que las pantallas seguirán formando parte de su vida.

Y tú, ¿qué opinas sobre esta nueva regulación y qué impacto crees que tendrá en las y los estudiantes y sus familias?