Cuando el juicio social se adelanta a la justicia

Toda denuncia merece ser atendida con seriedad. Toda persona que denuncia tiene derecho a ser escuchada y del mismo modo, toda persona señalada conserva el derecho a la presunción de inocencia y a un proceso imparcial. Estas dos ideas no se contradicen; deberían caminar juntas. Sin embargo, en la práctica, muchas veces parecen competir entre sí, pues mientras las instituciones investigan, la opinión pública suele emitir juicios y acusaciones, incluso, sancionar al acusado. Las redes sociales se llenan de opiniones, los medios buscan respuestas rápidas y la reputación de las personas comienza a transformarse mucho antes de que exista una conclusión jurídica.

No sabemos cuál habría sido el resultado de la investigación sobre este caso, lo que sí sabemos es que, para muchas personas, las consecuencias sociales de una acusación llegan mucho antes que cualquier resolución judicial. Entonces, ¿realmente estamos construyendo un sistema que busca la verdad o uno donde el juicio social termina sustituyendo al proceso legal?

Derechos que deben convivir, no competir

Uno de los avances sociales más importantes de las últimas décadas ha sido que las mujeres encuentren espacios para denunciar violencias que durante mucho tiempo permanecieron silenciadas. Ese avance debe protegerse y, como todo derecho, ejercerse con responsabilidad. En el mensaje que dejó antes de morir, el profesor Jasso afirmó haber recibido amenazas de algunas alumnas, quienes (según su propio testimonio) le advirtieron que podrían acusarlo de acoso si no las aprobaba en su materia. Esa afirmación forma parte exclusivamente de su versión de los hechos y no ha sido acreditada por las autoridades. Por ello, vale la pena preguntarnos ¿cómo construimos una sociedad donde denunciar sea seguro para quien realmente ha sufrido violencia y, al mismo tiempo, donde ninguna persona tema que una acusación, por sí sola, represente una condena irreversible?

¿A quién protegen realmente los protocolos escolares?

Cuando una escuela enfrenta una situación de violencia, suele activar protocolos administrativos y legales, o se supone que así debería de ser, pero no hay garantía de que todas las escuelas lo vean como lo que debe ser: proteger a su comunidad y no como un trámite administrativo. ¿Las escuelas, realmente, podrían demostrar que acompañaron a todos los involucrados o los revictimizan? Cuidar a la comunidad escolar implica cuidar a las y los estudiantes, a las y los docentes, al personal administrativo y a madres y padres de familia, ese derecho no debe ser para unos cuantos.

Seamos claros, los protocolos escolares suelen concentrarse en la investigación de los hechos, pero pocas veces contemplan el cuidado emocional y, aun así, una crisis institucional también es una crisis humana.

La violencia que amplificamos sin darnos cuenta

Vivimos en una época donde la información viaja más rápido que la comprensión. En redes sociales y medios de comunicación, cada acontecimiento parece tener una vida útil determinada por los algoritmos: durante algunos días ocupa titulares, se convierte en tendencia, genera miles de opiniones y produce bandos irreconciliables; después llega el siguiente tema, no porque el anterior haya encontrado respuestas, sino porque dejó de captar nuestra atención. Las redes sociales han permitido visibilizar injusticias que durante mucho tiempo permanecieron ocultas, pero también han normalizado otra forma de violencia: compartimos videos, difundimos versiones y emitimos sentencias con una velocidad impresionante. No siempre participamos por maldad, muchas veces simplemente participamos porque todos los demás también lo hacen, y quizá, esa sea una de las formas más silenciosas en que la violencia se instala en una sociedad: cuando perdemos empatía, cuando deja de parecernos violencia y hasta cuando justificamos a quien genera la violencia.

La pregunta que sigue pendiente: ¿quién cuida a quienes enseñan?

Quizá el tiempo permita conocer con mayor claridad qué ocurrió en este caso o tal vez nunca sepamos todos los detalles, eso les corresponde a las autoridades, pero hay una pregunta que no depende del resultado de ninguna investigación: ¿Quién está cuidando a las y los docentes?

Con esta pregunta, no afirmamos que el Prof. Israel Jasso fuera inocente, pero su pérdida, está permitiendo visibilizar ese abandono que muchos docentes han expresado por años y que nadie se ha dedicado a escuchar, al contrario, les damos más responsabilidades: queremos que sean guardería, que busquen a sus estudiantes en casa para ver por qué no han asistido a clases, queremos que transformen a una generación fracturada, queremos que funjan el rol de psicólogos, que usen su tiempo personal para capacitarse o apoyar a partidos políticos, pero eso sí, ¡que no se quejen por el sueldo que cobran!

Parece utópico, pero la salud mental merece ocupar un lugar central en nuestras conversaciones. Hablamos de las necesidades emocionales de las y los estudiantes, pero rara vez miramos hacia quienes están al frente: los docentes también son personas, también viven con miedo, enfrentan desgaste emocional, ansiedad, depresión, conflictos con estudiantes, con padres de familia y autoridades. Ser docente nunca ha sido una profesión sencilla, pero hoy parece haberse convertido en una actividad de alto riesgo.

No porque deban estar exentos de la ley cuando existe una denuncia, todo lo contrario: cualquier señalamiento debe investigarse con absoluta seriedad. El riesgo está en ejercer una profesión donde una crisis puede escalar rápidamente, mientras el acompañamiento institucional, jurídico y psicológico suele ser insuficiente. Es importante reconocer que una comunidad educativa no puede aspirar a ser un espacio seguro si solo aprende a cuidar a algunos cuantos, o incluso, cuidar su propia reputación antes que a alguno de sus integrantes.

No sabemos en qué concluirá la investigación, posiblemente deje de ser tendencia en unos cuantos días, pero lo que sí sabemos es que ningún sistema educativo debería esperar a perder a alguno de sus profesores para comenzar a preguntarse quién estaba cuidando de él o ella.