Para la maestra Mariana Ocampo, educadora y conferencista con más de 15 años acompañando procesos de transformación en familias, en ese intento por no repetir lo que dolió, algo empieza a perderse en el camino, el lugar que ocupa el adulto.
Porque en medio de esta búsqueda por educar mejor, ha surgido una idea riesgosa para los menores de edad, que respetar es no poner límites, que dialogar es ceder, y que, si su hijo siente frustración, puede hacerle daño. Y es ahí donde necesitamos detenernos.
¿Qué son los berinches?
Los berrinches incomodan, desordenan, exponen, no solo por lo que el niño expresa, sino por lo que despiertan en el adulto. Un berrinche no es manipulación ni “mala conducta” en sí misma.
Un berrinche es una expresión emocional desbordada, es la forma en la que un niño o adolescente comunica que algo le sobrepasa ya sea frustración, enojo, tristeza, cansancio o necesidad de atención.
Es también un espejo, porque nos muestra qué tan capaces somos como adultos de contener, qué tanto toleramos la frustración, y desde dónde reaccionamos cuando algo se sale de control.
La Maestra Ocampo asegura que cuando un niño grita, llora o se desregula, no lo hace desde la intención de manipular, lo hace porque no sabe hacerlo distinto. Su cerebro, en desarrollo, aún no tiene la capacidad de regular lo que siente por sí mismo, pero el adulto sí, o al menos, se espera que pueda hacerlo.
Sin embargo, en muchos hogares ocurre lo contrario el berrinche del niño activa el berrinche del adulto. Sube el tono de voz, aparece la amenaza, el castigo o, en el otro extremo, la rendición: “ya, está bien, haz lo que quieras”, y entonces, sin darnos cuenta, dejamos de educar.
El verdadero papel del adulto frente a un adolescente
Existe una creencia muy arraigada, la de que ser adulto implica tener el control, imponer orden o “ganar” la situación, pero en realidad, ser el adulto en la relación implica algo mucho más profundo, y mucho más difícil, hacerse responsable del vínculo con su hijo.
Esto significa poder sostener al otro incluso cuando está desbordado, poder mantenerse firme sin recurrir a la violencia, poder poner un límite sin romper la conexión, ser adulto no es reaccionar desde el impulso, es elegir cómo responder, incluso cuando el contexto es incómodo, cuando aparecen los berrinches o cuando el adolescente se aísla, grita y sale su rebeldía.
Ocampo asegura que todo lo anterior requiere algo que pocas veces se menciona en la crianza, la autorregulación de los adultos, porque no podemos enseñarle a un niño a calmarse si nosotros no sabemos hacerlo, no podemos pedirle que tolere la frustración si nosotros no la toleramos o la evitamos.
Muchos adultos hoy están profundamente comprometidos con no dañar a sus hijos, y eso es valioso, pero en ese intento, aparece la idea de que amar es evitar cualquier forma de malestar.
Entonces se empieza a negociar todo, se evitan los “no”, se busca que el niño no se enoje, no llore, no se frustre y que siempre esté feliz. Pero crecer implica, inevitablemente, atravesar la incomodidad, implica esperar, perder y tolerar que no todo es inmediato ni posible, que sus actos tienen consecuencias y que, no siempre van a obtener lo que quiere, en otras palabras, es saber que existen límites.
La palabre clave: Límites
Cuando a un niño no se le ponen límites, no desarrolla las herramientas necesarias para enfrentar la realidad. Entonces, el problema deja de ser el berrinche en sí mismo y se convierte en algo más profundo, la dificultad para tolerar la frustración, comprender las consecuencias y relacionarse con un mundo que no siempre responde a sus deseos. Educar no es evitar el dolor, es acompañar a transitarlo, darle sentido y convertirlo en aprendizaje.
Hablar de límites suele generar tensión porque para muchos adultos, ponerlos activa culpa y pensamientos como: “¿Y si estoy siendo demasiado duro?”, “¿y si lo lastimo?”, “¿y si deja de confiar en mí?” Pero un niño sin límites claros no se siente más libre, se siente más inseguro, porque los límites guían, cuidan y organizan el mundo, le dicen al niño qué es posible y qué no, le permiten anticipar, comprender y regular su conducta.
Hoy vemos con frecuencia a niños y adolescentes desbordados, confundidos, sin claridad en sus límites y con dificultades para regularse emocionalmente. Y muchas veces, lo que se tiende a decir cuando se ven esas conductas es: “Ya no les ponen límites”, “ahora los papás son muy permisivos.”
Pero reducir todo a eso es simplificar un fenómeno mucho más complejo, porque no se trata solo de poner o no poner límites, se trata de la calidad del vínculo, de la presencia emocional, de la coherencia, del contexto social, de la violencia normalizada y de los modelos que estamos ofreciendo.
Por último, la maestra Ocampo afirma que quizá una de las partes más difíciles de la crianza es que nos confronta constantemente con nosotros mismos, con lo que aprendimos, con lo que nos dolió y con lo que no sabemos hacer. Porque muchas de nuestras reacciones no tienen que ver con nuestros hijos… sino con nuestra propia historia.
Conclusión
Por eso, ser el adulto responsable en la relación no es solo educar al otro, es también hacernos cargo de nosotros, de nuestras emociones, de nuestras heridas y de nuestras formas de vincularnos.
Ser adulto en la relación con un hijo no es una posición de poder, es una responsabilidad que no siempre es cómoda, no siempre es clara y nunca se hace perfecto.
Por ello, tenemos que ser conscientes de que los niños pueden hacer berrinches, es parte de su desarrollo, pero necesitan adultos que puedan sostener, contener, guiar y reparar, que no huyan del conflicto, sino que permanezcan en él con conciencia.
Porque al final, educar no es controlar la conducta, es formar la manera en la que alguien aprende a relacionarse consigo mismo, con los otros y con el mundo.
Escucha la entrevista completa con Mariana Ocampo en el episodio 31: “La tragedia que acompaña a los adolescentes en México y Latinoamérica” del podcast “No es terapia pero ayuda”.
La tragedia que acompaña a los adolescentes en México y Latinoamérica
Escucha el podcast aquí:

